La familia mexicana del Che nunca creyó en el mito

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Fidel Castro y El Che en México en 1956.

Cuando estudiaba sexto grado, Canek Sánchez Guevara volvió una tarde de la escuela en Tlalpan, en México, y preguntó a su madre por qué apenas le habían hablado de su abuelo en casa, cuando la maestra había dedicado toda una clase al mítico Che Guevara. Hilda Beatriz Guevara Gadea, Hildita como llamaba el líder guerrillero a su hija mayor, le había comentado que era un buen hombre, muy cariñoso, muy íntegro, “desarreglado a veces, incluso iba con los pantalones caídos”, pero jamás le dijo una palabra sobre el héroe revolucionario, de ese gigante admirado por tantas generaciones de latinoamericanos y europeos. “A veces, mi madre me contaba una u otra historia, como hechos aislados. A mis padres jamás se les hubiera ocurrido obligarme a ser como él y como mi madre en su adolescencia también padeció [el peso del mito]. eso no tenía sentido entre nosotros”, escribió Canek años más tarde.

La anécdota la cuenta su padre, Alberto Sánchez, ahora de 65 años, sentado en un café de la colonia Condesa de la capital mexicana. Sánchez, un exguerrillero comunista mexicano que junto con otros compañeros secuestró un Boeing 727 en Monterrey (norte de México) en 1972 y aterrizó en Cuba, se casó en 1973 en una ceremonia improvisada, pese a la oposición de los líderes cubanos, con la primogénita del Che, fruto de su primer matrimonio con la peruana Hilda Gadea, dirigente exiliada de la rama juvenil del APRA. “En nuestra casa, no se hablaba del Che en los términos ideológicos cubanos, no teníamos ni retratos suyos. Hilda estuvo siempre contra el culto a la personalidad de su padre y mis hijos, Canek y Camilo, heredaron eso”.

Las colonias de Condesa y Roma eran hace más de medio siglo los epicentros en la capital mexicana del fervor revolucionario de rebeldes, disidentes, exiliados, artistas y bohemios variopintos venidos del resto del continente. Ernesto Guevara era entonces, en septiembre de 1954, un joven médico veinteañero, un aventurero, ansioso por ver mundo, sobre todo Estados Unidos y París, tras un viaje iniciático desde su Argentina natal por buena parte del continente, que acabó recalando en México, como recuerda Sánchez, “un poco de paso”, para buscarse la vida. “La ciudad, mejor dicho el país, de las mordidas me ha recibido con toda su indiferencia de animal grande, sin hacerme caricias ni enseñarme los dientes”, escribió en una carta a su tía argentina. Sin dinero, trabajó como sereno, como fotógrafo para la agencia argentina Prensa Latina y acabó consiguiendo un trabajo como interno en el Hospital General y el Infantil de Ciudad de México, por el que recibía 150 pesos mensuales, tal y como cuenta el periodista Jon Lee Anderson en su biografía Che Guevara, una vida revolucionaria(Ed. Anagrama).

Entre tragos, escaladas al Popocatépetl (a pesar del asma), admiradoras, reuniones y discusiones políticas e intelectuales, vivió en una pensión de la calle Tigris, en un cuarto en el hospital, y luego fue a parar a una pensión de Condesa que compartían la poetisa venezolana Lucila Velázquez e Hilda Gadea, con las que acabó conviviendo en la calle Rhin. Gadea, moderna, educada y unos años mayor que él, a la que conoció en Guatemala, y que fue la que le apuntaló las lecturas de Marx y Engels (el Che reconoció que la primera vez que leyó a esos pensadores no los entendió), fue clave para que cimentara sus ideas socialistas. Fue Hilda también, con la que acabó casándose tras anunciarle ella que estaba embarazada, la que le puso en contacto con el círculo de revolucionarios cubanos que conspiraban contra el Gobierno de Batista, en el departamento de la cubana Maria Antonia González en la céntrica calle Emparán 49 (donde hoy una placa certifica la gestación de la Revolución Cubana). Entre ellos, un joven Raúl Castro y más tarde, el mismísimo Fidel, que había llegado a México en junio de 1955, con quien congenió de inmediato. Aquellas conspiraciones que incluían pisos francos en la capital mexicana, un comando de hasta 40 hombres que se entrenaban en el Rancho Santa Rosa, armamento y entrenamiento de guerrillas se acabaron una noche del 20 de junio de 1956 cuando El Che, Castro y otros fueron detenidos entre la calle Mariano Escobedo y Kepler. Tras ser liberados poco tiempo después, empezó la gran aventura revolucionaria cubana.

El Che dejó a su mujer y a su única hija recién nacida en su nueva vivienda de la calle Nápoles, solas, hasta que ambas viajaron a la isla, casi tres años más tarde, aunque para entonces ya estaba con la que sería su segunda esposa, Aleida March, una guerrillera a la que conoció en la sierra. Tras el divorcio, veía a su hija mayor los fines de semana, muchas veces en compañía de su otra familia. Los testimonios aseguran que la quería mucho y se refería a ella también como su “pequeño Mao”. “Hilda recordaba que una vez el líder la llevó a visitar una fábrica de bicicletas y los dirigentes de la fábrica quisieron regalarle una muy bonita a la niña. Para sorpresa de todos, El Che rechazó el ofrecimiento con la frase: ¿Acaso les regaláis una bicicleta a todos los que vienen aquí? No hay privilegios. La niña se quedó frustrada y sin bicicleta “, rememora Sánchez que, dada su juventud, no conoció a su suegro y que recuerda que su mujer apenas tenía 11 años cuando perdió a su padre.

En su relato se desprende que él y sus hijos, pese a ser la familia del gran mito de la Revolución Cubana, eran un cuerpo extraño en la isla. Ninguno tenía pasaporte cubano (una condición que el propio Che impuso para su hija mayor) y nunca lo tuvieron (ni siquiera Canek, nacido allí en 1974). Vivían en Miramar, una zona residencial de La Habana, pero pocos cubanos sabían que Hilda, que se comportaba como tantos otros jóvenes, era la hija del mismísimo héroe porque huía de la sombra de su padre. La presencia de Sánchez, incómoda para el régimen cubano tras el acuerdo tácito del expresidente mexicano Luis Echeverría y Fidel Castro para que La Habana no interfiriese en los asuntos mexicanos precipitó la salida de la familia. Primero recalaron en Milán, luego en Barcelona, donde les tocó vivir el golpe de Estado del coronel Tejero el 23 de febrero de 1981, y volvieron a México a finales del sexenio del presidente López Portillo. Años después, llegó el divorcio y mientras Sánchez se quedó en México, Hilda volvió con sus dos hijos a Cuba en 1986.

Como si fuera una maldición del destino, Hilda, fiel al espíritu de la Revolución pero siempre rebelde y heterodoxa, murió en La Habana en 1995, a la misma edad que su padre (39 años). Los Castro no fueron al entierro. Su hijo Canek (serpiente negra, en maya), falleció a los 40, en 2015, en México, donde residía desde 1996, víctima de una afección cardíaca, tras haberse enfrentado al régimen de Castro y convertirse en un disidente incómodo, dedicándose a la escritura y a la edición. Nunca sacaron ventaja de sus apellidos ni nunca contribuyeron a la creación del mito, a la sacralización, al culto a la personalidad del máximo ídolo revolucionario del siglo XX. Tampoco tuvieron nunca el famoso póster del Che en su dormitorio. Fueron los desheredados de una revolución que, como tantas otras, acabó devorando a sus propios hijos. Nunca conocieron a su abuelo, pero sin duda heredaron su espíritu. “El Che fue un rebelde. Nunca hubiera aprobado en lo que se ha convertido la Revolución. Seamos honestos. Un joven rebelde como Fidel Castro en la Cuba de hoy no sería enviado al exilio. Sería fusilado”, aseguró Canek en una de sus escasas y últimas entrevistas.

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