Javier Milei, el candidato que grita por los enojados

A diferencia de Trump, Bolsonaro y otros renglones torcidos de la nueva ola extremista que corroe Occidente, Javier Milei no es un ignorante: tiene licenciatura, dos maestrías, doctorado emérito, es profesor universitario y ha vivido de su trabajo toda la vida.

Si llegara hasta ahí, no sería poco lo logrado por este economista de 53 años, con una infancia difícil y juventud solitaria, que se abrió paso a la fama como polemista mediático que llama a las cosas por su nombre, sin tamices y, generalmente, sin pensarlas.

Su intolerancia no se corresponde con la escasez de fuerzas propias para gobernar. Sin gobernadores, ni intendentes, unos pocos diputados, no va a llegar lejos con insultos. Y no sabe comportase de otra manera. Desde niño era así. Aquello que lo llevó al éxito es lo que lo va a acabar.

De ganar, tendrá enfrente a un adversario más poderoso que él: el peronismo y sus sindicatos, y al 40 por ciento de la población empobrecida por malos gobiernos, que vive de los subsidios.

Los sindicatos y los empresarios están con el abanderado oficialista Sergio Massa. Gane quien gane, Argentina tiene que cambiar. No hay de otra. Y Massa da más confianza al establishment para realizar ese cambio con un país en el filo del abismo.

Milei se convirtió, en pocos años, en el que grita por los demás.

El que grita por los que trabajan, pagan la mitad de su sueldo en impuestos y no llegan a fin de mes por la inflación desbordada, que han visto a la “casta política” enriquecerse hasta el delirio con la farsa de la justicia social y el tráfico de favores a grandes empresarios “prebendarios”.

El fenómeno Milei viene de ahí, de la ineptitud y la corrupción kirchnerista, del populismo peronista y de la decepción con Mauricio Macri.

A Milei le dicen “el loco” desde 1983. Se lo ganó cuando empezó a jugar como portero en las juveniles de Chacarita Juniors, por su arrojo temerario a la hora de salir a cortar un centro o lanzarse a los botines de un rival para quedarse con la pelota. Seis años después fue ascendido al cuadro de primera división, pero no debutó porque decidió dedicarse al estudio.

“Su padre, Norberto, estaba loco”, me dice Daniel X, que trabajó en la empresa de autobuses propiedad del papá del candidato. “El Queso, así le decíamos al papá, se quitaba el saco y la corbata y salía a la calle a jugar futbolito. Horas”.

“Y el pibito también estaba looooco”, cuenta Daniel, melenudo de pelo blanco, un “cebollita”, es decir de los nacidos en 1960 y formado en las divisiones inferiores de Argentinos Juniors.

Aquí en Buenos Aires todo pasa por el futbol.

Hace un par de semanas, días antes de la final de la Copa Libertadores entre Boca Juniors y Fluminense en Río de Janeiro, Javier Milei, fanático de Boca, declaró que ya era “anti-Boca”.

Es que “cuando Angelici (dirigente de Boca) trajo a (Juan Román) Riquelme en un acto de populismo, dije: ‘Bue, bastante tengo para vivir en un país populista como para ser hincha de un equipo que toma decisiones populistas. Lo trajo para robar, entonces agarré y dejé de ser hincha de Boca. Después traen a Gago, un pésimo jugador, una gran mentira del futbol argentino”.

Contó en televisión, ese día, que tiene palco en la Bombonera y una estrella con su nombre en el Museo de Boca, pero, confesó: “Cuando se retiró (Martín) Palermo la tristeza fue tan grande que no pude volver a la cancha”.

“El loco”, le dicen, lo que ya es decir, en un país donde hay una iglesia Diego Maradona, sus restos reposan en el cementerio de Bella Vista, pero su corazón y sus riñones están en el Departamento de Anatomía Patológica, en La Plata. Su corazón pesaba 504 gramos. Igual que un balón.

Daniel cuenta de algunos maltratos del “Queso al pibito”, es decir a Javier Milei, que coincide con lo publicado por biógrafos del candidato. Pero aquí el ambiente está tan cargado de información falsa o exagerada sobre Milei, de su vida privada e íntima, que más vale señalar lo que ha dicho el propio candidato o es un asunto público.

En algunas entrevistas se refiere a su padre como “mi progenitor”. Vivía con un mastín llamado Conan (cuya muerte aún llora), al que llamaba su hijo, y lo clonó para tener cinco animales idénticos (un metro de alto cada uno)

Con ellos vivía en un departamento de 100 metros cuadrados en el barrio del Abasto. Los vecinos del edificio hicieron los reclamos correspondientes.

Milei siempre fue solitario. Sin amigos. Y contra lo que él dice ser –un liberal– es profundamente intolerante. Tengo páginas con insultos a periodistas y a quienes no están de acuerdo con él. Eso no sería interesante en un particular, pero Milei es diputado y aspirante a gobernar a todos los argentinos.

Su propuesta de dolarizar la economía en un país sin dólares, se ve difícil. Salvo un fuerte shock devaluatorio que no lo resiste políticamente.

Argentina actúa como si fuera tan rico como Qatar y otorga beneficios sociales desde el nacimiento hasta la muerte como si fuera Finlandia. Eso no guarda relación con esta nación sin reservas, sin ingresos, sin industria.

Reformar lo que es necesario reformar, no se puede sin fuerza política, alianzas y sacrificio. Si Milei lo intenta solo, será un suicidio. Va a caer.

Si lo intenta con intolerancia, sin oficio político y a mentadas de madre, caerá más rápido.

Obstruir las relaciones comerciales con Brasil y China equivale a cortarse las venas.

Crear un mercado libre de órganos humanos confirma lo acertado de su apodo.

Se lo dijo al periodista Jorge Lanata:

“El que decidió venderte el órgano, ¿en qué afectó la vida, la propiedad, la libertad de los demás? ¿Quién sos vos para determinar qué tiene que hacer él con su vida? Es su vida, es su cuerpo, es su propiedad. ¿Tenemos que tener tanto amor por la intervención al punto tal de no dejarle vivir la vida a la gente como quiere?”, dijo.

Y concluyó: “Entonces lo vamos a poner en otros términos: si no le terminás comprando ese órgano, (esa persona) se termina muriendo de hambre y ni siquiera tiene vida”.

Milei provoca miedo en unos y esperanza en otros. El domingo sabremos quiénes son mayoría.

Más de Pablo Hiriart:
Menú Principal