El espejo argentino

Juan Domingo Perón, uno de los padres del populismo en América, tenía una cordial curiosidad por Mussolini y –que sepamos– no se debía a que su nombre fuera el mismo de Benito Juárez.

Tiempo después de visitar Italia en la época fascista, cuenta el periodista Jorge Fernández Díaz, le dijo a un grupo de emigrados italianos en Argentina: “Me propongo imitar a Mussolini en todo, menos en sus errores”.

Cito de manera extensa el artículo del periodista argentino, publicado en la edición de octubre de la revista Letras Libres, que dirige Enrique Krauze y su editor en México es Eduardo Huchín.

El objetivo de Movimiento Justicialista de Perón tenía el propósito de luchar contra lo que él denominaba el “demoliberalismo”, escribe Fernández Díaz, y agrega:

“Perón se convierte así en uno de los maestros del populismo latinoamericano, y no importa tanto seguir el derrotero de su victoriosa fuerza política sino resaltar el hecho de que su impronta marcó a fuego a la sociedad argentina, que durante todo el siglo XX despreció unánimemente la democracia liberal: allí se alternaron oscuras dictaduras castrenses con gobiernos débiles que aceptaron proscripciones, y con distintas reencarnaciones del peronismo a derecha e izquierda. Porque el maridaje de marxismo y nacionalismo, que Cuba prohijó y que muchas décadas después el chavismo llevaría hasta sus últimas consecuencias, fue consentido por Perón en su exilio de Madrid, y porque allí surgen ‘peronismo de izquierda’ y su fase guevarista: los Montoneros, que se rebelaron contra el propio caudillo y a cuya organización éste ordenó, con despecho, perseguir y masacrar durante los últimos días de su vida”.

Complejo, ¿no?

Ni tanto: Argentina, el granero del mundo, bebió la cicuta del populismo.

Perón, Isabelita, los generales homicidas, Menem, los Kirchner, Fernández, y ahora se apunta Javier Milei para continuar con la tradición.

Parafraseando a Aramis en Los Tres Mosqueteros, tal parece que los argentinos, o muchos de ellos, aman todo aquello que les ha hecho daño.

Escribe Fernández Díaz en Letras Libres: “Néstor Kirchner, rancio señor feudal de la Patagonia que jamás se había preocupado por los valores del progresismo ni por los derechos humanos, pero que tenía una frase secreta y estratégica: ‘La izquierda da fueros’. Si eres de izquierda estás protegido. Con esa impostura –reivindicar retóricamente el peronismo de izquierda de los años setenta–, creó un ‘relato ‘épico’, se metió al bolsillo a los sectores progres y a la cultura, estableció amistad con Hugo Chávez y otros neopopulistas del momento, y dividió a la Argentina entre amigos y enemigos”.

Agrega: “Su meta era reproducir a nivel nacional lo que había logrado en la pequeña provincia de Santa Cruz, donde se apoderó del Estado y lo convirtió en una agencia de colocaciones, sometió a los empresarios, canceló el periodismo independiente, copó la justicia, modificó la Constitución, manipuló el sistema electoral y consiguió que la oposición se transformara a partir de entonces en un mero sparring: se presenta, hay pelea, pero jamás puede ganar. De lejos parece así una democracia, pero sólo es una cáscara vacía y engañosa. Ese régimen de partido único consagra la ‘democracia hegemónica’ y destroza la democracia liberal, tal y como deseaba Perón”.

¿El resultado? No hay que pensar mucho para entenderlo.

Fernández Díaz lo explica para Argentina, que es en algunos sentidos nuestro espejo:

“Al cabo de cuarenta años de democracia parcial, sus herederos construyen un Estado fallido que brinda pésimos servicios de salud y educación –devastaron la escuela pública–, así como también de seguridad: han sido conniventes con la policía gangsteril y con el narcotráfico; asimismo, han tendido a preocuparse más por los delincuentes –’víctimas del capitalismo’– que por los ciudadanos inermes…”.

“Hoy se multiplican la miseria y las dádivas. Este modelo desastroso fue refrendado en las urnas varias veces y ha sido objetivamente derrotado por la realidad. Y, lejos de articular una autocrítica sin ambages, estos progresistas que no creen en el progreso le siguen echando la culpa al ‘neoliberalismo’, los ‘poderes concentrados’, ‘los medios hegemónicos’, ‘la oligarquía’ y ‘la sinarquía internacional’. Adoran los sistemas de partido único –se babean por el PC chino y son putinistas de corazón– y acuden presurosos en auxilio de cualquier populismo autoritario de América Latina”.

Podemos vernos ahí. Argentina es nuestro espejo.

Aunque a diferencia de México, en las próximas elecciones los argentinos podrían demostrar que “a veces, lo contrario de una estupidez puede ser otra estupidez”.

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